Esa día parecía rutinario, así lo sentía mientras revolvía su café con leche y repasaba la lección de Matemáticas. Vivía a dos cuadras del Instituto y siempre llegaba justa de tiempo (algo que no sabía aún que le molestaría sobremanera en su adultez). La mañana pasó sin demasiados sobresaltos. Por la tarde, tarareando una canción de Los Piojos, fue a buscar a su amiga para dar una vuelta por ahí. Decidieron ir al cyber que quedaba a algunas cuadras de allí, entre chats y risas culminarían el día. No podía creer lo que veían sus ojos. Él estaba ahí. Con su sonrisa tímida, ese brillo en los ojos... era la oportunidad perfecta para entablar diálogo. Lo saludó y descubrieron que tenían los mismos gustos musicales, un tema de conversación frecuente en la posteridad. No hubo mucho más.
Al día siguiente, el destino no le daría tregua. Tocó el timbre del recreo. Ella se acercó a la ventana del pasillo y esperó pacientemente. Se le iluminó la cara, debajo de esos mechones que le cubrían medio rostro, cuando lo vió aparecer. Lo contempló en silencio. Imaginó su mano acariciando su rostro. Cerró los ojos.
Él parecía ajeno a todo aquello. No así uno de los compañeros de curso de ella. Que ni lerdo ni perezoso, decidió accionar.
- Eh! Mirá cómo te miran! Están muertas por vos por estos lados - gritó a viva voz.
El corazón empezó a saltar en su pecho porque él no hizo caso omiso al llamado y se acercó tímidamente a saludarla.
En ese momento, la Emperatriz que siempre había sido frontal y segura de sí misma... balbuceó. ¿La suerte estaba echada?
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